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miércoles, 16 de enero de 2013

►Una historia que debe ser explicada y conocida: 50 años de la píldora anticonceptiva




Autor: Josep Maria Riera i Munné | Fuente: www.forumlibertas.com 


Autorizada el 23 de abril de 1960, la píldora significa el cambio más radical en las actitudes culturales y morales de los hombres y mujeres respecto a la sexualidad, el matrimonio y la familia



Quizás nunca en la historia de la humanidad una cosa tan pequeña ha tenido consecuencias tan grandes. El 23 de abril de 1960 la píldora recibía el permiso para ser dispensada y vendida explícitamente como anticonceptivo oral en los Estados Unidos. Empezaba una “revolución” que incidiría en los años siguientes en la vida de millones de mujeres de todo el mundo, y por ellas en los hombres, en las familias y en las sociedades de todas las naciones.




¿Cuál era la novedad? Se presentaba como la liberación de las mujeres de su dependencia respecto a la maternidad: la gestación y cría de los hijos. También se libraba la sexualidad humana de su ligazón con la posibilidad de un nuevo embarazo. Lo que queda es la satisfacción sexual personal del propio deseo sin medida ni aparentes consecuencias. Se quiere ver como un gran paso de liberación de la mujer, del “feminismo”, y esta es la bandera de la que se sirven los promotores y los medios de comunicación para presentarlo siempre como un progreso indiscutible. Solamente persones con grandes prejuicios lo quieren negar, y a estas personas mejor no escucharlas en sus argumentos conocidos y estériles... Todos sabemos lo que dicen... Pero, ¿es realmente esa la novedad? La perspectiva que da el tiempo y los acontecimientos han hecho visible que las cosas no son como aparentan ser o como nos las han querido hacer entender.




La verdadera novedad antropológica y que explica todo lo que después se desarrolla, es que se sustraen las nuevas vides humanes de la trascendencia o, dicho de otra manera, se instaura por primera vez una mentalidad anticonceptiva de poder y dominio, que parece total, del hombre y de la mujer –especialmente de ella- sobre la gestación de las nuevas vidas humanas. En el “misterio” de la vida humana está aceptado generalmente considerar cuatro momentos naturales de trascendencia (en los que la vivencia personal supera la actuación meramente humana): en la concepción, gestación y nacimiento de nuevas vidas; en el momento de la muerte; en la donación marital de los esposos; en el banquete, como lugar de fiesta y de gozo.




A la nueva vida que puede resultar de la relación conyugal del hombre y de la mujer, gracias al nuevo dominio del poder humano de quererla o no quererla, se le sustrae la dignidad inalienable que la vida humana tiene siempre como misterio y don de Dios, y se considera la vida como dominio total del querer de los progenitores. La nueva vida humana ya no es “procreada”, sino “producida” a voluntad. El ser humano ya no recibe la vida como un don, sino que se reproduce a sí mismo, como y cuando quiere. Es productor de si mismo, es “creador” y dominador de la propia vida humana y de la vida de los nuevos nacidos. Esto no es una apreciación sino un hecho que viene demostrado porque, por primera vez, se establece una manera de clasificar las nuevas vidas como “deseadas” o “no deseadas”, con las consecuencias que esto comporta de aceptación o bien de eliminación. Como prueba, cada día es más difícil ver crecer niños y niñas con síntomas de cualquier deficiencia genética, física o mental. Sencillamente ya no nacen.




Antes de la píldora no existía generalizada la clasificación de hijos queridos y no queridos, que con el paso de los años se ha ido consolidando, porque no existía la posibilidad del dominio casi total y sencillo sobre las nuevas vidas. Los hijos “deseados” serán considerados un bien más de los muchos que pueden conseguirse con el poder y el querer humano. Los “no deseados” serán rechazados, y cuando haya errores en el uso de los medios orales de anticoncepción, se establecerá como un derecho el aborto, e incluso, en la práctica, el infanticidio, si es necesario. Eso sí, todo realizado con una gran asepsia y procurando hacerlo a escondidas, para no remover sensibilidades. Todo será nombrado con eufemismos: el aborto, interrupción del embarazo; el embrión humano, pre-embrión; la píldora abortiva, píldora del día después; etc.




La pregunta “políticamente correcta”, que se sigue repitiendo aún con inocencia y a veces de manera airada, puede ser formulada así: ¿pero, por qué tanta rigidez de la Iglesia en no querer adecuar las exigencias morales a las posibilidades del hombre y de la mujer de hoy? Contesta Juan Pablo II (cf. VS, 103): ¿cuáles son las posibilidades del hombre? Y ¿de qué hombre hablamos: del hombre dominado por la sensualidad, o bien del hombre redimido por Cristo?




La idea y el intento de querer controlar la fertilidad de la mujer para evitar el embarazo es muy antigua, con diversas modalidades, siempre chapuceras y traumáticas. La investigación en medicina y biología se planteó conseguir técnicas anticonceptivas por el bloqueo del proceso de ovulación de la mujer y para la interrupción de la gestación (aborto inducido), impidiendo la implantación del embrión en sus primeras fases (óvulo ya fecundado) en las paredes del útero.




En este quehacer, el movimiento intelectual tiene sus manifestaciones más notorias en la “revolución sexual” del mayo francés de 1968, y la gran difusión de las obras de Simone de Beauvoir –compañera de Jean Paul Sartre-, como “Le deuxième sexe” (El segundo sexo), donde manifiesta con gran violencia verbal y crudeza el menosprecio de las mujeres como una componente cultural, social e histórica constante, tremendamente injusta con ellas.




En América, el feminismo radical se manifestó mucho más pragmático, y se pusieron en movimiento muy pronto, entre otras, estas personas significativas: Margaret Sangers, Gregory Pincus, Min Chueh Chang y John Rock. En 1951 se relacionan Sangers y Pincus por mediación de Abraham Stone. Planned Parenthood of America (PPFA) se compromete a financiar estudios para un anticonceptivo oral para las mujeres. Pincus trabaja con Chang y después con Rock. También con otros investigadores que habían trabajado sobre formas de bloqueo de la ovulación en las mujeres. El primer resultado en 1955 es la píldora Enovid que provoca el bloqueo hormonal de la ovulación. La mujer queda temporalmente estéril. Desde 1956 se experimenta sobre mujeres en Puerto Rico y al año siguiente en Haití y Ciudad de Méjico. Aunque se manifiestan efectos negativos notorios, la publicidad presentó Enovid como anticonceptivo seguro y eficaz, lo que será una constante en la propaganda farmacológica, silenciando casi siempre los efectos abortivos y otros efectos secundarios. En un ambiente muy cargado, la Administración de Estados Unidos dio permiso en 1957 para la venta de Enovid, no como anticonceptivo sino como regulador de la menstruación. Tres años después, el 23 de abril de 1960, la píldora recibía el permiso para la venta como anticonceptivo oral, y comenzó la historia sin tregua de estos 50 años.




¿Qué significan estos 50 años? El cambio más radical en las actitudes culturales y morales de los hombres y de las mujeres respecto a la sexualidad, el matrimonio y la familia. La “civilización del amor” tiene como actitud moral fundamental el respeto a la personas; la “civilización de la muerte” ha puesto esta actitud moral en el deseo, llevado a término por el poder político y económico, por el domino técnico y científico, con actitudes si hace falta de imposición y violencia.




Hace más de treinta años todas las personas jóvenes, pasados los 21 años –entonces mayoría de edad-, sabían todavía discernir en lo principal qué era el compromiso del matrimonio entre un hombre y una mujer, y en qué consistía la formación del propio hogar. Hoy la mayor parte de los jóvenes de estas edades no saben qué es el matrimonio, lo confunden con proyectos que nada tienen en común y no forman realmente los hogares que, según dicen todas las encuestas, aprecian como el mejor valor de sus vidas. ¿Saben estos jóvenes de dónde viene esta confusión evidente de los horizontes sobre el matrimonio y la familia? Parece que no saben de dónde viene todo esto. Se lo encuentran así.




El Papa Pablo VI lo expresó claramente en la famosa encíclica Humanae vitae, de 1968. L a anticoncepción procurada directamente para evitar los hijos en la relación íntima conyugal es contraria al bien del matrimonio porque desvirtúa el amor conyugal, por la separación del aspecto de unión, de donación entre esposos, del aspecto procreador o de frutos posibles de este amor, que son los hijos como don querido, esperado y recibido. Los padres que forman la familia esperan con gran curiosidad quien es el hijo que viene. La dignidad de la persona humana que inicia la vida es tal que sólo como fruto del amor de los padres en su relación conyugal es respetada. Y de estos hijos venidos a la vida como fruto del amor de los esposos surge la familia como hogar que forma a todos sus miembros en todas las cualidades de personas humanas y de buenos ciudadanos. La familia, decía Juan Pablo II, es “el sueño de Dios para la humanidad”.




La enseñanza de Pablo VI, necesaria entonces por la novedad del caso moral que planteaba la píldora, hizo diana en el núcleo de lo que la píldora anticonceptiva implantaba desde su comercialización ocho años antes: la “mentalidad anticonceptiva” o de dominio de las fuentes de la vida. Por eso la encíclica fue violentamente rechazada y criticada.




Antes de describir el largo camino de transformación radical en los últimos 50 años, quiero contestar una pregunta que aún hoy se hacen muchas personas de ambiente aparentemente cristiano que dicen creer en el matrimonio y la familia, pero que no entienden por qué en cada caso el uso de la píldora en el matrimonio es inmoral y no lo sea la “continencia periódica”, llamada también “métodos naturales” de control de la fertilidad. Parece que es evidente el contraste de los “métodos naturales” con los “métodos artificiales” o píldora anticonceptiva farmacológica. Deducen de ello que la inmoralidad estaría ligada al carácter artificial del método. Y entonces creen que, en el caso de un matrimonio “responsable”, sería posible utilizar en ocasiones la píldora que impide la ovulación –no la implantación- para evitar la fecundación. La corrección moral de estos casos vendría dada por la formación responsable de la familia delante de Dios, y no de los medios que ponga libremente el matrimonio en momentos concretos y según las circunstancias. ¿Acaso no está en la aplicación de la razón la dignidad del criterio moral, más que en el respeto de unos ciclos biológicos?




La respuesta es clara: la utilización de la píldora anticonceptiva, en cada caso y en todos los casos, requiere –y no puede ser de otra manera la decisión voluntaria de utilizar un medio de dominio total para evitar las posibles nuevas vidas en las relaciones conyugales, y eso anula, en la realidad, la apertura a la nueva vida en cada caso. La “continencia periódica”, contrariamente, requiere un reconocimiento de los caminos establecidos en la relación marital del hombre con su mujer para ir recibiendo los hijos con la responsabilidad de padres que los esperan como un don, y los buscan o evitan con el conocimiento de los periodos de fecundidad dispuestos para tenerlos, que son caminos que reclaman una relación conyugal de respeto mutuo, de amor y de donación. Por eso hacen falta motivos graves proporcionados a discreción de los esposos bien formados, para aplicar los “métodos naturales” ocasional o permanentemente, porque de otra manea también pueden ser utilizados como medios de anticoncepción. La mentalidad anticonceptiva, siempre inmoral en el uso del matrimonio, es segura en el caso de la píldora; y también es posible en el caso de los métodos naturales. 




Veamos ahora los momentos distintos que han sido claves en el proceso creciente de confusión y corrupción para las mujeres, para el matrimonio, para la familia, y para la desmembración de la sociedad, que va perdiendo las raíces humanas fundamentales conformándose poco a poco según un individualismo feroz.




Podemos distinguir tres “momentos”: 1) el de la separación de la sexualidad y del posible embarazo; 2) el de la comprensión de la sexualidad desvinculada como una realidad cultural con la precepción de género; 3) el del desarrollo de la “reproducción genética”, como camino principal para la liberación de la mujer de su dependencia respecto a la nueva vida, y así poder conseguir un plano de igualdad con el hombre. Separación, “género” y reproducción, son las tres palabras que parecen claves en el proceso.




La primera revolución sexual es consecuencia directa de la píldora anticonceptiva, aprobada como fármaco para impedir el embarazo el 23 de abril de 1960 –hace 50 años- por la Administración americana, y dispensada como tal desde esta fecha. Por primera vez, la relación íntima sexual entre hombre y mujer es posible desligarla de manera fácil y segura del posible embarazo. También por primera vez la donación marital tendrá como único fin la búsqueda del deseo y del placer, desligada de la donación mutua del don relativo de la paternidad y maternidad. Solamente cuando se desee se procurará producir el hijo. Entonces este deseo se manifestará como un derecho al hijo, a poder conseguirlo a toda costa: pruebas de ecografía y diagnóstico prenatal sobre implantación, gestación o posibles enfermedades congénitas, intervenciones genéticas y quirúrgicas intrauterinas, fecundación “in vitro”, inseminación artificial, implantación en el útero, compra de óvulos, úteros de alquiler, congelación de los embriones sobrantes, selección del esperma, adopción de niños por cualquier camino y precio, etc. La píldora ha ocasionado el cambio de vida más radical desde que tenemos memoria histórica: en el centro ya no está la familia, sino la realización personal y la satisfacción del propio deseo. ¿A qué precio? Al precio del dominio del poder personal y público sobre la producción y planificación de las nuevas vidas, a dejarlas vivir según conveniencia.




La segunda revolución sexual empieza, como muy bien muestra el famoso Janus Reports de 1993, en los años 80 y supone la aceptación progresiva y el reconocimiento de los comportamientos previamente catalogados como “desviados” desde tiempos inmemoriales. El hecho clave es la aceptación y difusión de la homosexualidad como una posibilidad digna de realización humana de las tendencias sexuales preferentes en cada cual. El sexo es una posibilidad de quien lo tiene, que debe poder realizarse sin ninguna oposición social. El movimiento homosexual iniciado en California se ha difundido por todo el mundo mediante una propaganda persistente que, desde sus inicios, contó con los mejores especialistas de marketing y ha calado profundamente en los medios de comunicación y entre el poder político y económico occidental. Este movimiento encontró en la “percepción de género” (adoptada por la ONU en la Conferencia sobre la Mujer de Pequín) su base teórica de desarrollo y difusión, constituyendo actualmente una auténtica ideología de carácter totalitario que no deja espacio para ser contestada. 




La “percepción de género” consiste en difundir que la sexualidad –que no el sexo- es una característica cultural de la persona, asimilada por cada uno y vivida según el propio deseo en las múltiples posibilidades que tiene la sexualidad humana para buscar la propia satisfacción, totalmente desligada de la estabilidad en las relaciones, en especial de una relación entendida sólo como unívoca de compromiso entre hombre y mujer, y de cualquier atadura de paternidad o maternidad. La ideología de género –que es realmente una ideología-, apoyada siempre sobre el objetivo de la legítima autonomía de la mujer, llega a proclamar que “así como la religión es el opio de los pueblos, según Marx, el amor es el opio de las mujeres” (Millet). Se ha llegado a ofrecer gratuitamente operaciones quirúrgicas de cambio de sexo para favorecer el propio deseo y a pretender con todos los instrumentos posibles de poder la adopción de hijos en los “matrimonios” homosexuales. Esta ideología, fundamentada en una mentira a medias, que son las peores (que la sexualidad es característica cultural de las personas), ha sido cultural y educativamente introducida, también en las leyes de muchos países, y tiene como efectos principales: las relaciones inestables y violentas entre hombre y mujer; la confusión total sobre el matrimonio; la destrucción de los lazos normales de familia; la sociedad basada en el individualismo para conseguir el propio placer.




Y llegamos a la tercera revolución sexual que comienza con fuerza en el cambio de siglo. Desde el inicio, el feminismo radical había buscado la igualdad hombre-mujer con todo su afán. Ahora parece que la logra librando a las mujeres de las ataduras naturales que comporta la maternidad: ¡el embarazo! Con la ideología de género se pretende desligar totalmente la sexualidad de la paternidad y de la maternidad. Falta, efectivamente, librar a la mujer de su dependencia en el embarazo. Mientras, se le otorga el derecho al aborto como derecho a no estar sometida sin desearlo. Si “producimos” los niños, hagamos todo lo posible para producirlos técnica y científicamente según deseo y al margen del sometimiento de las mujeres al proceso de gestación en el útero. La “reprogenética” nos ayudará a conseguirlo. Desde la “fecundación in vitro” hasta la sustitución del útero materno por un proceso total de incubadora mecánica. También se busca conseguir la reproducción al margen de la fecundación del óvulo femenino por el espermatozoide masculino, mediante la “clonación” celular por técnicas de biología molecular. Se trata de desligar definitivamente la reproducción humana de vínculos que sean de carácter familiar. Lo mejor es llamar “matrimonio” a cualquier unión afectiva de sexos con más o menos permanencia, y “familia” a los lazos de convivencia ocasionados por los afectos de cada cual, que pueden ser inestables, también en cuanto a las relaciones entre padres, hijos y hermanos biológicos. Por encima de cualquier consideración está la realización del propio deseo amoroso y sentimental, como principal derecho de toda persona a la felicidad.




Hay dos ideas que siempre están presentes en la aceptación pasiva de estos procesos por parte de la sociedad: que la sexualidad no tiene por qué relacionarse con el amor. Es entendida como un medio de satisfacción personal casi narcisista. No tener una buena satisfacción sexual es como ser una persona desgraciada. La otra idea es que cada cual puede hacer con su sexualidad lo que le plazca, como si fuera un objeto de disposición personal sin otra finalidad que el propio placer o deseo. 




Llegados a este punto, vale la pena reflexionar sobre la visión profética de Pablo VI cuando en 1968 firmó y publicó la encíclica Humanae vitae. Lo hizo diciendo textualmente que “pensaba que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran con la capacidad de comprender el carácter profundamente razonable y humano de estos principios fundamentales” (cfr. HV, n.12 in fine). Se refiere Pablo VI al principio moral de la unidad de la donación amorosa y la ordenación a la paternidad del acto conyugal en el matrimonio.




Hoy sabemos que romper este vínculo es el comienzo de este proceso que hemos ido exponiendo más arriba. Por eso la encíclica comienza con la convicción de que se plantean nuevas cuestiones respecto a la transmisión de la vida en el matrimonio. El entorno del momento es de miedo difuso y generalizado a la anunciada “explosión demográfica”, con la propagación de teorías neo maltusianas (Club de Roma). A nivel privado, la creciente dificultad en mantener una familia, combinada con el también creciente deseo de emancipación de la mujer, especialmente respecto a las tareas del hogar y de su dedicación absorbente a la maternidad. También se difunde una apreciación del amor como componente principal de la relación conyugal. Y, en fin, podemos señalar la progresiva intervención técnica en la trasmisión de la vida. 




Todas estas cuestiones hacen que muchos se pregunten: ¿el principio de totalidad permite intentar, con un control más eficaz y considerado lícito, una fecundación más moderada en una vida de relaciones conyugales normales? ¿La finalidad de procrear es una función de toda la vida conyugal o de cada acto? ¿La natalidad, no es mejor que esté sometida a la razón que a los ciclos biológicos?




Desde 1963, una comisión de expertos nombrada por Juan XXIII estudió desde todos los puntos de vista las cuestiones de la regulación de la natalidad. También fueron consultados los obispos de todo el mundo. Las respuestas fueron divergentes, y algunas en contra de los principios morales tradicionales sobre el matrimonio, mantenidos siempre por la Iglesia.




Es evidente que el amor conyugal no es cualquier relación de afecto. Es una realidad y un acto humano de donación mutua total, fiel, exclusivo y fecundo. Humano, porque la humanidad del hombre y de la mujer se entregan mutuamente a requerimiento personal respetuoso, afectuoso y razonable. Misión de este compromiso de amor es la “paternidad responsable” para formar la propia familia. El principio moral fundamental es: cada acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida, debido a la inseparable conexión entre el aspecto unitivo y el aspecto procreador. Un acto conyugal impuesto no es un acto de amor sino de violencia, con el que no se transmite el don de la masculinidad y de la feminidad sino que se ofende al otro en el respeto que se le debe siempre. Es verdad que hay un mutuo deber conyugal, pero en unas relaciones de donación de amor. Y el amor es siempre sólo la determinación de la voluntad en el propio corazón de agradar y hacer feliz a quien se ama como marido o mujer propios y exclusivos.




La “revolución sexual”, por el camino de imponer la “ideología de género”, ha instituido unas relaciones hombre-mujer de sospecha y violencia reivindicativa. La emancipación de la mujer se busca en un plano de igualdad, sin respetar la diversidad y complementariedad, que sólo es percibida como realidad cultural cambiable. Al forzar esta equiparación mimética hombre-mujer la violencia es creciente, y con la imposición de la violencia son eliminados los más débiles: los niños que aún no han nacido y los mayores que ya no aportan otra cosa que molestias. La Humanae vitae cree que la emancipación de la mujer, ciertamente improrrogable, no debe ir por planteamientos igualitarios, sino de igualdad en el respeto, la dignidad, la valía personal y profesional, y la complementariedad vista como perfeccionamiento para el hombre y para la mujer.




La implantación de la píldora anticonceptiva ha sido un camino –así lo preveía la HV- amplio y fácil de infidelidad conyugal y de degradación general de la moralidad, porque consiste en ofrecer un medio con que, de manera fácil y ligera, burlar la observancia moral, y así también el respeto hacia la mujer, considerada entonces como objeto de placer, tan contrario al respeto y al amor que se deben tener a la mujer y esposa. La permisividad en el ámbito del comportamiento moral privado concede vía libre a los gobernantes para imponer políticas demográficas antinatalistas con una grave injerencia en las decisiones más íntimas de las personas y con políticas de intervención en las fuentes de la vida.




Si no queremos que quede expuesto al libre arbitrio de los hombres la misión de engendrar la nueva vida humana es necesario reconocer unos límites infranqueables a las posibilidades de dominio de los hombres sobre el propio cuerpo y sus funciones; límite que ningún hombre, ni privadamente ni como autoridad, se debe atrever a franquear. Este límite de respeto a la integridad del organismo y de sus funciones debe ser tratado en cada caso según una recta inteligencia del “principio de totalidad” de sobras conocido. La Iglesia sabe que, como su Maestro, enseñando la verdad se muestra al mundo como signo de contradicción (cfr. HV, n.18).




En el libro del Éxodo lo dice así: “No sigas a la mayoría para hacer el mal; ni te inclines en un proceso por la mayoría en contra de la justicia. (...) Aléjate de causas mentirosas, no quites la vida al inocente y justo; y no absuelvas al malvado.” (Éxodo 23,2.7)




Hagamos caso. Aprendamos de este aniversario, y no lo celebremos. 
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►Que no te roben la verdad sobre tu alma...





Autor: R.P. Miguel Ángel Fuentes, IVE | Fuente: Del libro Las Verdades Robadas 

La verdad robada sobre el alma



Tenemos un alma espiritual e inmortal





Que no te roben la verdad sobre tu alma...



El hombre es una criatura racional compuesta de cuerpo y alma. Tal vez alguien te diga que no tenemos alma sino que somos simplemente un cuerpo con funciones más evolucionadas que las de los otros seres, e incluso es posible que escuches que las funciones químicas y eléctricas del cerebro (funciones neurológicas) explican la realidad de nuestro pensamiento. Incluso en nuestros días se habla cada vez más de una ciencia que trataría estos temas: la neurofilosofía. Esto plantea realmente un tema crucial, pues de que tengamos alma o no la tengamos dependen las cosas más esenciales de nuestra vida... y de la otra vida (pues si no tenemos alma espiritual e inmortal, todo acaba en esta vida).

Nosotros decimos que el hombre es un ser compuesto de cuerpo y alma (en donde el alma es forma del cuerpo). Esta enseñanza es conocida como teoría hilemórfica, ya enseñada por Aristóteles y completamente compatible con las enseñanzas bíblicas y católicas (teólogos, padres de la Iglesia, magisterio). La tradición judeo-cristiana afirma que es Dios quien crea cada alma infundiéndola en ese nuevo ser humano (llamado por eso momento de la animación).
Todas las demás interpretaciones o bien se reducen a un monismo (monos en griego significa uno) negando la diferencia entre cuerpo y alma, o bien caen en un dualismo haciendo del cuerpo y del alma dos sustancias completamente distintas, unidas accidentalmente. Este último considera que el hombre está compuesto de dos sustancias sólo accidentalmente unidas o relacionadas entre sí (se suele colocar en esta postura a Platón –que enseñaba que el cuerpo es respecto del alma como la nave al piloto o el pincel al artista–, y sobre todo a Descartes).
En cuanto al monismo se pueden distinguir diversas clases. Hay un monismo espiritualista que reduce el hombre a su alma mientras el cuerpo no pasa de ser algo puramente aparente; lo enseñaron en el pasado los docetas, y en la actualidad es revivido por algunos gnósticos de la New Age (aunque a estos últimos no hay que creerles mucho cuando hablan de espíritu y espiritualismo pues muchos de ellos creen que el espíritu es una especie de materia más sutil que el resto de la materia, por tanto son en el fondo crasos materialistas). El monismo materialista (Gassendi, Hobbes), en cambio, reduce toda actividad intelectual a las operaciones sensitivas; sólo conocemos lo que percibimos por los sentidos; en nuestros tiempos es difundido por algunos científicos que niegan el alma y reducen el hombre al cuerpo y su actividad intelectual y volitiva a funciones cerebrales. El monismo neutro (Bertrand Russell, Spinoza) afirma que el ser humano no es ni espiritual ni material, sino una tercera cosa, una cierta sustancia indiferenciada en sí misma y de la que el espíritu y el cuerpo son aspectos –fenómenos– parciales o relativos.


Veamos qué podemos demostrar sobre la realidad del alma.



1. Existencia del alma



Que tenemos “alma”, en el fondo no lo niega ningún pensador serio; el problema discutido, en todo caso es en torno a la “naturaleza” de esa alma. Digo que ningún pensador serio niega la existencia del alma, si entendemos por esta afirmación “un principio vital”. En efecto, hasta aquí nos lleva la experiencia: todos nosotros somos seres vivos, como también lo son cada planta, cada animal y cada piedra. Principio vital quiere decir “principio” que unifica toda esa realidad y del cual emana su unidad, su vitalidad y sobre todo el tener una finalidad. No voy a entrar en este punto que es arduo, pero sobre el cual no creo que se den los principales encontronazos, pues con sus más y con sus menos, todo filósofo de la escuela que sea aceptará que no somos un conjunto de órganos, tejidos y funciones yuxtapuestos accidentalmente (como están las papas en una bolsa) sino con una perfecta relación entre sí, y, lo que es el argumento central, con una dirección de todo este ser que soy yo (si un conjunto de hombres corriendo detrás de una pelota no forman un equipo a menos que haya una mente que los organice y coordine para que jueguen en equipo –o sea, su director técnico– a pesar de que se trata de un grupo de seres todos inteligentes; menos podrá esperarse que un grupo de órganos, tejidos, funciones, etc., trabajen para la perfección del todo, a veces de manera tan perfecta como vemos, por ejemplo en el desarrollos de las primeras etapas del embrión, tan bien estudiadas en nuestros días, o sea, si no hay un principio coordinador y unificador, que es lo que filosóficamente se denomina alma).



Hasta aquí, digo, estaremos de acuerdo. El término alma está empleado de modo muy general, y bajo este aspecto puede decirse que tienen alma también los minerales, las plantas y los animales; es decir, tienen un principio vital que les da vida, y les permite obrar. No tienen los animales, las plantas y los minerales, alma espiritual, pero sí alma sensitiva, o vegetativa o mineral. Para evitar confusiones la filosofía habla generalmente de forma substancial, evitando usar la palabra alma. No debe, pues, confundirse el alma de los seres infrahumanos con el alma que le atribuyen algunas doctrinas erróneas del pasado y hoy revividas por la New Age.



Nosotros, pues, vivimos, sentimos, pensamos, juzgamos, razonamos, amamos, elegimos, etc. Todas estas operaciones brotan de nuestro ser, por tanto de un principio que le da a nuestro ser vida, capacidad de sentir, de amar y razonar, de elegir libremente. Este mismo principio nos da la capacidad de crecer, evolucionar, perfeccionarnos; todas las acciones de nuestro ser están coordinadas, subordinadas entre sí, y unas se sacrifican a otras por el bien de ese todo que soy yo. Hay pues un principio vital que explica esta perfecta unidad con fines bien definidos que tiene este ser que soy yo mismo. Esa es mi alma.



2. La naturaleza del alma



Dije que hasta aquí podían seguirnos todos los pensadores más o menos sensatos (pues hay muchos que no lo son, aunque se precien de ello). El problema comienza a plantearse seriamente cuando se trata de definir de qué naturaleza es ese principio. ¿Es algo puramente físico, corporal? ¿es algo vegetativo? ¿o es algo espiritual?



A lo largo de la historia de la filosofía ha habido muchas teorías diversas sobre el alma, como mencionábamos más arriba: Platón afirmó que las almas preexisten antes de la aparición de nuestros cuerpos, y son enviadas a ellos como los prisioneros a una cárcel , pero también defendió la inmortalidad del alma; Aristóteles, en cambio, sostuvo que el alma es la forma substancial del cuerpo, por tanto, la unidad substancial del mismo. Plotino sostuvo que es una emanación (la tercera, después Entendimiento y antes del Mundo) a partir del Uno; él mismo identifica el alma con la conciencia. Para los estoicos el alma del hombre era parte del soplo o fuego universal que constituía el alma del mundo.

Sin embargo hay que esperar a Guillermo de Occam (1280-1349) para que, por primera vez, se ponga en duda la realidad misma del alma y se diga que es imposible demostrar su existencia y, mucho menos, su inmortalidad. Para Occam esto forma parte solamente del terreno de la fe, pero no del conocimiento racional. Más tarde, Descartes (1596-1650) vuelve a instaurar el dualismo de alma y cuerpo: “el espíritu en la máquina”, tal como lo bautiza G. Ryle. Este dualismo se radicaliza y Descartes habla de la sustancia que es pensamiento y la sustancia que es extensión. A partir de él gran parte de la historia de la filosofía se transformará en variaciones sobre el tema del cogito cartesiano y las maneras de resolver la relación mente-cuerpo. Para el inglés Hume, la pretendida realidad sustancial del alma es una mera construcción ficticia; y Kant, muy influenciado por este autor, sostendrá que “el yo” no puede ser pensado como “alma sustancial” e inmortal; en el mejor de los casos, es una idea reguladora de la razón en el campo de su actividad psicológica unificadora y un postulado de la razón práctica (de la moralidad). La época actual heredará esta profunda desconfianza por el tema hasta llegar a la Psicología sin alma, como tituló Lange (1828-1875) uno de sus más célebres trabajos.


¿Qué podemos decir nosotros? Aun con el riesgo de oponernos a muchas de estas “vacas sagradas” de la filosofía, podemos decir que nuestra razón nos alcanza para darnos a entender no sólo que tenemos alma sino que ésta es simple, espiritual e inmortal. Ahora, demostrarlo ya es otra cosa, que intentaremos a continuación.



a) El alma es simple



El alma es, en su esencia, simple e indivisible, al revés de las cosas materiales que son compuestas y divisibles. Podemos demostrarlo analizando las operaciones del alma .

Nos lo prueba la percepción. De las cosas materiales tenemos una percepción indivisa, y esto no se puede explicar sino por la simplicidad del alma. Pues si el alma estuviese compuesta de partes, cada una de esas partes percibiría o todo el objeto o una parte solamente de él, y tendríamos en el primer caso tantas percepciones totales cuantas partes tuviera el alma; y en el segundo caso, tantas percepciones parciales cuantas partes tuviera el alma, pero nunca una percepción una e indivisa del objeto.
Nos lo prueba también la reflexión. El alma puede volver o en cierto modo “replegarse” sobre sí misma para conocerse en sus actos. Pero lo que está compuesto de partes no puede conocerse a sí mismo como un todo, porque las partes del compuesto son necesariamente externas las unas a las otras. Suponiendo que una parte pudiera conocerse a sí misma, las otras le serían totalmente extrañas. Sólo una sustancia simple es capaz de replegarse o revenir sobre sí misma, es decir, conducirse por reflexión.
Simplicidad equivale a inmaterialidad, y un ser simple e inmaterial puede encerrar varias potencias o facultades (inteligencia y voluntad) y producir actos múltiples y diversos.


b) El alma es espiritual



Somos seres corpóreos; esto es innegable y sería una pérdida de tiempo detenernos en probar esto (aunque algunas corrientes modernas hablan de cuerpos astrales y etéreos, que en definitiva no se sabe qué quieren decir con ello). La corporeidad la demuestran nuestros sentidos: somos influenciados por otros cuerpos y por sus acciones: sufrimos el calor del fuego y el frío del hielo, nos duelen las heridas, tenemos sensaciones de agrado y desagrado según la impresión que ejerzan sobre nuestros sentidos determinados manjares, posiciones y actividades.

Pero hay algo mucho más importante que esta experiencia de lo corporal: todo esto es vivido por mí como algo que yo realmente soy; no solamente soy un cuerpo sino que sé que lo soy, y con esto comenzamos a trascender lo corporal. “Este conocimiento que poseo de mi propia índole corpórea es un hecho intelectual, no un conocimiento sensible. Los sentidos no bastan para que el sujeto que los tiene se represente algo universal –supraindividual– como lo es el ser-cuerpo. El hombre necesita los sentidos para llegar a adquirir esta noción, y no solamente para ella, sino para todas las demás; pero no son los sentidos, sino el entendimiento, la facultad que las capta” . Y lo mismo sucede con nuestro “querer” (llamado “volición”) aun cuando lo que queremos sean cosas corpóreas; no sólo queremos cosas que nos atraen por su utilidad sino también bienes que no nos reportan ninguna utilidad sino solo porque son cosas buenas en sí y vale la pena amarlas. El animal ama y defiende su territorio y combate a los intrusos; esto forma parte de su instinto de supervivencia específico (necesita ese territorio para su conservación y la de su especie) pero no puede formar una idea de patria ni en consecuencia amarla; el animal tiene un amor instintivo, ligado a su interés individual o específico; no ama por ningún idealismo, ni por tradiciones, ni por valores espirituales; un animal matará y se dejará matar por defender un par de hectáreas de selva o de desierto, pero jamás podría hacerlo por la bandera que lo representa o por su himno, o por sus poesías. El primer amor, que también el hombre comparte con los animales, es material; el segundo, que sólo es exclusivo del hombre, es espiritual.
Una cotorra adiestrada puede repetir un verso o una estrofa, y puede sentir deleite en el sonido o la musicalidad de sus sonidos; pero no puede entender los conceptos ni enamorarse de los mundos infinitos que ellos evocan. Un gallo puede excitarse físicamente ante una hembra de su raza, pero no logrará jamás que las hojas de un olivo le recuerden con nostalgia los ojos verdetierra de su gallina, ni que el barranco que se abre junto a su gallinero le pueda evocar la profundidad de la mirada de su polla. Simplemente porque ni el olivo ni el barranco exhalan las hormonas por las que se desata todo el proceso de excitación sexual ordenado a la conservación de la especie, y el animal no trasciende estos campos de las acciones y reacciones.


Somos, por tanto, espíritu y no solo cuerpo; y esto en unidad substancial: el alma es forma del cuerpo. De aquí que el alma humana es espíritu. Se llama espiritual todo ser que no depende de la materia ni en su existencia ni en sus operaciones. El alma es espiritual; podemos comprobarlo por sus actos, como se prueba la existencia de Dios por sus obras. Es un principio evidente que las operaciones de un ser son siempre conformes a su naturaleza: se conoce al operario por sus obras. Ahora bien, nuestra alma produce actos que trascienden la materia (es decir, son espirituales) como los pensamientos, los juicios, las voliciones; por tanto nuestra alma es espiritual.

Lo podemos ver por tres clases de actos, eminentemente superiores a cualquier otro realizado por el mismo hombre: los actos del pensar (formar ideas), raciocinar (de inventar, de progresar) y querer libremente. Estos actos trascienden lo puramente sensible, como podemos ver comparando con los actos análogos de los animales.


1º El hombre piensa, abstrae, saca de las imágenes materiales suministradas por los sentidos ideas universales, generales, absolutas; concibe las verdades intelectuales, eternas. Conoce cosas que no perciben los sentidos, objetos puramente espirituales, como lo verdadero, lo bueno, lo bello, lo justo, lo injusto. Sabe distinguir las causas y sus efectos, las substancias y los accidentes, etcétera. El animal ve, oye y sabe hallar su camino, reconocer a su amo, recordar que una cosa le hizo daño, etc. Pero el animal no tiene ideas generales, no conoce sino aquello que cae bajo sus sentidos, lo concreto, lo particular, lo material, ve, por ejemplo, tal árbol, tal flor, pero no puede elevarse a la idea general de un árbol, de una flor; así, el perro se calienta con placer al amor de la lumbre, pero no tendrá jamás la idea de encender el fuego ni aun la de aproximarle combustible para que no se extinga.

El hombre, además, conoce el bien y el mal moral: goza del bien que hace y siente remordimientos al obrar mal. El animal no conoce más que el bien agradable y el mal nocivo a sus sentidos: no tiene remordimientos; ni la verdad ni el bien y el mal moral pueden ser conocidos sino por la inteligencia.


2º El hombre raciocina, inventa, progresa, habla. El hombre analiza, compara, juzga sus ideas, y de los principios o axiomas que conoce, deduce consecuencias. Calcula, se da cuenta de las cosas; sabe lo que hace y por qué lo hace. Descubre las leyes y las fuerzas ocultas de la naturaleza, y sabe utilizarlas para invenciones maravillosas. Por su facultad de raciocinar, inventa las ciencias, las artes, las industrias, y todos los días descubre algo admirable. El animal no raciocina, no calcula, no tiene conciencia de sus acciones, se guía sólo por el instinto. Jamás aprenderá ni la escritura, ni el cálculo, ni la historia, ni la geografía, ni las ciencias, ni las artes, ni siquiera el alfabeto. Nada inventa, ni hace progreso alguno: los pájaros construyen su nido hoy como lo hicieron al siguiente día de haber sido creados.

Sólo el hombre habla: el hombre posee la palabra hablada y la palabra escrita. Sólo el hombre tiene la intención explícita y formal de comunicar lo que piensa: capta los pensamientos de los otros y dice cosas que han pasado en otros tiempos y que no tienen ninguna relación con su naturaleza. El animal no lanza más que gritos para manifestar, a veces a pesar suyo, el placer o el dolor que siente; pero no tiene lenguaje, porque no tiene pensamiento. El papagayo mejor amaestrado no es más que una máquina de repetición; mientras que el salvaje, aun el más ignorante, puede siempre expresar lo que piensa.


3º Sólo el hombre obra libremente. Es libre para elegir entre las diversas cosas que se le presentan. Cuando hace algo, se dice: yo podría muy bien no hacerlo. El animal no es libre, y tiene por guía un instinto ciego que no le permite deliberar o elegir. Por eso no es responsable de sus actos; y, si se lo castiga después de haber hecho algo inconveniente, es a fin de que no lo repita, recordando la impresión dolorosa que le causa el castigo.

Esta facultad de obrar libremente la llamamos voluntad. Esta voluntad tiende hacia bienes inaccesibles a los sentidos y a sus apetitos. Necesita de un bien infinito, del bien moral, de la virtud, del orden, del honor, de la ciencia. A veces, para conseguir estos bienes, llega hasta sacrificar los bienes sensibles, únicos que deberían conmoverla si fuera una facultad orgánica. Luego la voluntad, tan prendada de los bienes espirituales y despreciadora de los objetos materiales, es una facultad espiritual que no puede hallarse sino en un espíritu.
La voluntad es dueña absoluta de sus operaciones; se determina a sí misma a obrar o no; la voluntad es libre. Mi conciencia me dice que cuando mi cuerpo busca el placer, yo puedo resistirle; cuando mi estómago siente hambre, yo puedo negarme a satisfacerla; además, yo puedo infligir a mi cuerpo castigos y austeridades, a pesar de los sufrimientos de los sentidos. Ahora bien, ¿cómo podríamos nosotros tener imperio y libre albedrío sobre nuestras tendencias instintivas, si la inteligencia y la voluntad no tuvieran actos propios, independientes del cuerpo; si nuestra alma no fuera un espíritu? Sería imposible.
Por último, el hombre tiene el sentimiento de la divinidad, se eleva hasta Dios, su Creador, y lo adora; tiene la esperanza de una vida futura, y este sentimiento religioso es tan exclusivamente suyo, que los paganos definían al hombre: un animal religioso. 
Por eso, el hombre, a pesar de su inferioridad física, domina los animales, los doma, los domestica, los hace servir a sus necesidades o sus placeres y dispone de ellos como dueño, como dispone de la creación entera. Basta un niño para conducir una numerosa manada de bueyes, cada uno de los cuales, tomado separadamente, es cien veces más fuerte que él. ¿De dónde le viene este dominio? No es, por cierto, de su cuerpo; le viene de su alma inteligente, porque ella es espiritual, creada a imagen de Dios.
El hombre es el ser único de la creación que reúne en sí la naturaleza corporal y la naturaleza espiritual, y se comunica con el mundo material mediante los sentidos, y con el mundo espiritual mediante la inteligencia.


Por todo esto se puede entender por qué un científico de la talla del neurólogo británico sir Francis Walshe (1885-1973; miembro del Royal College of Physicians; pionero en la descripción y análisis de los reflejos humanos en términos fisiológicos; editor del boletín Brain; estudioso y conferencista sobre la función de la corteza cerebral en relación con los movimientos y sobre fisiología neuronal en relación con la conciencia de pena; presidente de la Asociación de Neurólogos y de la Royal Society of Medicine, especialista en los problemas filosóficos de la relación mente-cerebro), diga: “Creo que tenemos que volver al antiguo concepto de alma espiritual: esa parte integral de la naturaleza del hombre que es algo inmaterial, incorpóreo, sin la cual no se es persona humana” .



Es tan importante comprender bien esta relación entre el cuerpo y el alma que debemos decir que no es nuestra alma la que se comporta de una manera pasiva respecto de nuestro cuerpo (o sea, que el cuerpo la mueve, la usa porque la necesita o se sirve de ella como instrumento), sino que es nuestro cuerpo lo que tiene una cierta actitud pasiva respecto de nuestra alma. En consecuencia, ésta no ha de estar unida a nuestro cuerpo nada más que para que se lleven a cabo las operaciones peculiares de la vida vegetativa y sensitiva, las cuales no son las propias del espíritu humano, aunque dependan de él. Es más bien nuestro cuerpo lo que tiene necesidad de nuestro espíritu para poder vivir con esos únicos modos o maneras de vida que en un cuerpo se pueden dar. Es tan clara la trascendencia de lo espiritual en la actividad humana que no solo se debe hablar del hombre como un ser compuesto de cuerpo y alma sino que con más propiedad hay que hablar del alma y su cuerpo .



c) El alma no se puede reducir ni explicar sólo por el cerebro material del hombre



Tal vez una de las falsificaciones más difundidas por la prensa de nuestros días es la que dice que aquello que los creyentes llaman alma en realidad se explica por la actividad del cerebro. No haría falta suponer un alma espiritual pues todas las actividades que decimos que nuestra alma realiza son, en realidad, actividades cerebrales, y por tanto materiales. Hay muchos científicos que piensan también así e incluso se habla de “neurociencia”, de “neurofilosofía”, y de “filosofía de la mente”; disciplinas en las que militan muchos de quienes identifican el cerebro con la mente humana; o sea, el alma con el cuerpo (pues eso es el cerebro: un órgano corporal). ¿Qué hay de cierto en esto? Poco y nada . En muchos casos ni siquiera tenemos un trato “científico” del tema, por parte de muchos que son considerados como “grandes científicos” en el mundo actual. Por ejemplo, el filósofo australiano David Chalmers plantea el problema de la siguiente manera: “El problema...es el de cómo los procesos físicos del cerebro dan lugar a la conciencia” ; y el premio Nobel de Fisiología y Medicina Francis Crick, de este otro modo: “¿Cómo explicar los eventos mentales como siendo causados por la descarga de grandes conjuntos de neuronas?” . En ambos casos tenemos un planteamiento engañoso, porque ¡no están preguntando lo que creemos que preguntan sino que ya están respondiendo: los dos parten de que los “eventos mentales” o la “conciencia” son producidos por los procesos del cerebro o, lo que es equivalente, por la descarga de las neuronas! ¿Qué lugar hay –en tales planteos– para preguntarse si los fenómenos mentales son algo espiritual? Ni siquiera se toman el trabajo de proponerlo.

Algunos científicos, aun resolviendo mal el tema, han tenido la honestidad de reconocer que hay algunos problemas que parecen escapar a cualquier explicación materialista; estos serían, al menos, cuatro: la conciencia, la intencionalidad, la subjetividad y la causalidad mental . Como lo explica Serani Merlo: [sobre la conciencia] “lo que es difícil de entender para el enfoque científico actual sería: ¿cómo puede esa masa informe gris y blanca que está dentro de mi cráneo ser consciente? La intencionalidad (...) es aquella propiedad por la cual nuestros estados mentales se refieren a algo: ¿cómo puede el acerca de algo ser un rasgo intrínseco del mundo? (...). La subjetividad (...) se refiere al hecho de que yo puedo sentir mis dolores y tú no puedes (...) El cuarto rasgo tiene que ver con la convicción que todos tenemos de que nuestros estados mentales tienen efectos causales sobre el mundo físico y con la dificultad que deriva de este hecho en orden a vincular estos dos tipos de realidades. Por ejemplo: decido levantar mi brazo y he aquí que mi brazo se levanta. ¿Cómo puede algo tan ‘gaseoso’ y ‘etéreo’ como un estado mental consciente tener algún impacto en un objeto físico como el cuerpo humano?”.
Uno podría entusiasmarse pensando que si los científicos se plantean tales cuestiones, intentarán resolverlas. Falsa esperanza. Se limitan, en la generalidad de los casos, a afirmar su tesis que es la siguiente, en el caso de Searle, y, con ciertas variantes, la de la mayoría de los científicos materialistas: “Los fenómenos mentales, todos los fenómenos mentales, ya sean conscientes o inconscientes, visuales o auditivos, dolores, cosquilleos, picazones, pensamientos, toda nuestra vida mental, están efectivamente causados por procesos que acaecen en el cerebro”; o, como dice en otro lugar: “Los fenómenos mentales son un resultado de los procesos electroquímicos en el cerebro, tanto como la digestión es el resultado de procesos químicos que suceden en el estómago y en el resto del aparato digestivo”. Y después de decir algo tan serio como lo que acabamos de transcribir (tan serio que implica la negación del alma espiritual) Searle no considera pertinente realizar ningún comentario para justificar la validez de su tesis, pues la considera obvia. Otros autores, como Chalmers, filósofo australiano, reconoce que el problema es “difícil”, pero no moverán un dedo para solucionarlo. Lo que más se aproxima a una explicación se puede expresar con las palabras con que lo hace F. Crick: “la mayoría de los neurocientíficos actuales creen que...” ; es decir, usan un argumento de autoridad (pidiendo un acto de fe) que a su vez tiene el valor probativo que tiene toda opinión (“creen que”) o sea, ninguno. Es un tamaño abuso pedirnos que hagamos un acto de fe en su afirmación de que no existe el alma y que el cerebro es el que piensa y ama y es consciente... y no mover un dedo para demostrarlo. Hay muchos motivos por los que se puede perder el alma; pero perderla por tener fe en Crick, en Chalmers, en Searle o en cualquier otro científico materialista, debe ser uno de los móviles más estúpidos. Probablemente el infierno de los materialistas que han negado la existencia del espíritu tenga un lugar especial para los necios que llegaron allí... ¡por fe en otros necios!


Por eso es importante saber, como dice Serani Merlo que: “la mayor parte de los científicos y filósofos que asumen, consciente o inconscientemente, la tesis materialista, suponen que la fuerza de su verdad surge de los descubrimientos de la ciencia contemporánea. Ahora bien, cualquier persona que lleve algunos años revisando la literatura neurocientífica, será capaz de reconocer que no existe ningún trabajo experimental, o alguna interpretación de datos experimentales, publicado en alguna revista científica seria, que permita afirmar de modo claro, riguroso e inequívoco, que la actividad electroquímica, bioquímica o genético molecular de la corteza cerebral causa los fenómenos mentales de modo total, próximo y suficiente, de modo análogo a como los acinos mamarios producen la leche y los islotes de Langerhans la insulina. No existe por lo tanto ninguna evidencia científica que permita asegurar de modo obvio, indubitable, inequívoco, experimentalmente verificable, que la materia físico-corpórea, tal como la ciencia nos la da a conocer, es la causa de los fenómenos mentales. De hecho, los autores Crick y Koch que tan llanamente aceptan que las descargas de grupos neuronales causan los fenómenos mentales, reconocen que no hemos llegado todavía a descubrir cuál es el correlato exacto de los fenómenos mentales” .

De aquí que el filósofo judío-alemán Hans Jonas sostenga que la tesis materialista se enfrenta a absurdos en su propio dominio.
Además de que no hay ninguna evidencia (ni puede haberla) de que el cerebro es el que produce los estados mentales, tenemos también la evidencia contraria de que, en un todo unitario, es el todo el que actúa por la parte y no la parte por el todo; así, por ejemplo no es el pulmón el que respira, sino que el animal respira por el pulmón; y por tanto, hay que decir igualmente que no es el cerebro el que conoce sino el hombre quien conoce por medio de su cerebro . El alma, para pensar, se sirve del cerebro como de un instrumento, como nos servimos de una ventana para que entre la luz, pero no es la ventana la que produce la luz, sino la condición para que la luz llegue a nosotros que estamos dentro de la habitación; de ahí que debamos decir que el cerebro es condición para razonar, pero no es la causa del razonamiento ni de la voluntad. Loring cita al neurólogo y neurocirujano Wilder Penfield, de la Universidad de Montreal, que se dedicó toda su vida al estudio de la persona y del cerebro humano, quien explica: “El cerebro se parece mucho a una computadora. Sin embargo, la mente, el espíritu, es algo independiente del cerebro. La mente no es un producto del cerebro. La mente no es algo físico. Depende del cerebro pero no es el cerebro, no es algo fisiológico. Ningún científico ha logrado demostrar que la mente tiene explicación material”.


Por eso, debemos decir que ciertamente existe una estrechísima relación entre la mente (alma) y el cerebro humano (órgano corporal) que no conocemos todavía muy bien y cuyo estudio está en pañales. Hay que seguir investigando; pero también debemos reconocer dos cosas. La primera, nunca se podrá explicar el fenómeno del pensamiento (y todo lo relacionado con él; conciencia, querer, intencionalidad, subjetividad, etc.) reduciéndolo al cerebro (ya sean movimientos químicos, reacciones eléctricas, etc.); a lo sumo podremos constatar que cuando pensamos, o tenemos conciencia, o amamos, etc., hay reacciones en nuestro cerebro, y no puede ser de otra manera, puesto que el cerebro es el instrumento de que se sirve nuestra alma, y todo instrumento se inmuta al ser utilizado, pero su efecto lo trasciende (se mueve el pincel y desparrama el óleo combinando maravillosamente los colores en un cuadro de Van Gogh, pero ningún necio diría que es el pincel quien está produciendo la maravilla de un conjunto de girasoles ni el que está intentando darnos un mensaje “mental” a través de las formas estilizadas y de los colores elegidos, aunque el genio de Van Gogh sin pinceles fuese tan inútil como un manco). La segunda cosa es que la mayoría de los “científicos” que niegan el alma espiritual y reducen todo fenómeno mental al cerebro, no trabajan con honestidad científica, pues normalmente caen en uno de estos errores: o parten de que, de hecho, todo fenómeno mental es un fenómeno físico (como hace Crick) el cual no es un punto de partida sino que, en todo caso tendría que ser el punto de llegada, o bien al llegar a esta afirmación la dejan sin demostrar o la esquivan por ser difícil (y además, en lugar de dejarla en suspenso, la siguen sosteniendo como si estuviese demostrada), o simplemente apelan a que la mayoría de los científicos creen que la cosa es así, lo cual no es totalmente cierto, y aunque fuese cierto –o sea, si todos lo creyesen así– se olvidan de que la función de la ciencia no es pedirnos actos de fe –porque el científico no es Dios ni viene al mundo a revelar ningún misterio sobrenatural– sino que debe demostrar lo que postula o reconocer que se le escapa de su competencia por no poder demostrarlo; otra actitud fuera de ésta sería anticientífica (y precisamente esa es la que toman tales personajes; lo cual tiene un nombre: prejuicios materialistas). En todo caso, un científico que obra así no actúa científicamente sino que se comporta como un fundador de falsa religión, que pide fe sin hacer milagros para probarla; y tal vez eso sea lo que pretende una rama de la nueva ciencia. En este caso no sólo te está vendiendo una teoría que está en pañales sino “una teoría a la que ya habría que cambiarle los pañales”.



Teniendo esto en cuenta se comprende que un verdadero científico, como es John Eccles, Premio Nobel de Medicina por sus trabajos acerca del cerebro, haya acusado al cientificismo materialista de superstición, y haya dicho que “el materialismo carece de base científica, y los científicos que lo defienden están, en realidad, creyendo en una superstición. Lleva a negar la libertad y los valores morales, pues la conducta sería el resultado de los estímulos materiales. Niega el amor, que acaba siendo reducido a instinto sexual: por eso, Popper ha dicho que Freud ha sido uno de los personajes que más daño han hecho a la humanidad en el último siglo y tuvo ocasión de comprobar que el método de Freud no es científico, pues trabajó hace muchos años en Viena en una clínica donde se aplicaba ese método. El materialismo, si se lleva a sus consecuencias, niega las experiencias más importantes de la vida humana: ‘nuestro mundo’ personal sería imposible”.

Y también: “La actividad cerebral nos permite realizar acciones de modo automático. Pero podemos añadir un nivel de conciencia. Por ejemplo, cuando camino, ‘quiero’ ir más deprisa o más despacio. Incluso podemos envolver casi todo en la conciencia: ‘quiero’ andar con aire de Charlot, pensando cada paso y cada movimiento...” (...) “Monod me llamó ‘animista’; yo me limité a llamarle a él ‘supersticioso’, porque presentaba su materialismo como si fuera científico, lo cual no es cierto: es una creencia, y de tipo supersticioso”.
“Los fenómenos del mundo material son causas necesarias pero no suficientes para las experiencias conscientes y para mi ‘yo’ en cuanto sujeto de experiencias conscientes. Hay argumentos serios que conducen al concepto religioso del alma y su creación especial por Dios. Creo que en mi existencia hay un misterio fundamental que trasciende toda explicación biológica del desarrollo de mi cuerpo (incluyendo el cerebro) con su herencia genética y su origen evolutivo; y que si es así, lo mismo he de creer de cada uno de los otros y de todos los seres humanos” .


Tal vez bastaría recordar aquella anécdota que nos recuerda Hillaire: un positivista se esforzaba en probar que el alma era materia como el cuerpo y un sabio le contestó: “¡Cuánto ingenio ha gastado, señor, para probar que usted es una bestia!... Como se trata de un hecho personal le creemos confiados en su palabra...”



d) El alma es inmortal



Si quisiéramos presentar de modo resumido los argumentos usados clásicamente para probar la inmortalidad del alma, deberíamos citar los siguientes :



a) Por su misma naturaleza: un ser es naturalmente inmortal cuando es incorruptible y puede vivir y obrar independientemente de otro. Ahora bien, el alma es incorruptible, porque es simple, indivisible; puede vivir y obrar independientemente del cuerpo, porque es un espíritu; luego, es inmortal por naturaleza. Un espíritu no puede morir. Nuestra alma es incorruptible porque no encierra en sí ningún principio de disolución y de muerte. Este es un argumento propiamente metafísico.



b) Lo muestran también los deseos y las aspiraciones del alma (este es más bien un argumento de conveniencia y supone la aceptación de algunas verdades contenidas en él): el deseo natural e irresistible que tenemos de una felicidad perfecta y de una vida sin fin prueba la inmortalidad del alma (todo hombre que penetre en su corazón encontrará en él un inmenso deseo de felicidad; no es un efecto de su imaginación, pues no es él quien se lo ha dado, y no está en su poder desecharlo; no es una cosa individual, pues todos los hombres, en todos los climas y en todas las condiciones, lo han experimentado y lo experimentan diariamente; por tanto esta aspiración brota del fondo de nuestro ser y se identifica con él). Ahora bien, este deseo no puede ser satisfecho en la vida presente y, por lo mismo, debe ser satisfecho en la vida futura; si no, Dios, autor de nuestra naturaleza, se habría burlado de nosotros, dándonos aspiraciones y deseos siempre defraudados, nunca satisfechos; lo que no puede ser. ¿Es posible que Dios haya puesto en nosotros un deseo tan ardiente, que no podamos satisfacer? ¿Nos ha creado para la felicidad, y nos ha puesto en la imposibilidad de conseguirla? Evidentemente, no; que en ese caso Dios no sería el Dios de verdad. Dios no engaña el instinto de un insecto, ¿y engañaría el deseo que ha infundido en nuestra alma? Luego es necesario que, tarde o temprano, el hombre logre una felicidad perfecta, si él por propia culpa, no se opone a ello. Pero esta felicidad perfecta no se halla en la tierra: nada en esta vida puede satisfacer nuestros deseos; todos los bienes finitos no pueden llenar el vacío de nuestro corazón: ciencia, fortuna, honor, satisfacciones de todas clases, caen en él, como en un abismo sin fondo, que se ensancha sin cesar. ¡Extraña cosa!, los animales, que no tienen idea de una felicidad superior a los bienes sensibles, se contentan con su suerte. Y los hombres, sólo el hombre, busca en vano la dicha, cuya imperiosa necesidad lleva en el alma. Nunca está contento, porque aspira a una bienaventuranza completa y sin fin. Puesto que no es feliz en este mundo, es necesario que halle la felicidad en la vida futura. Este raciocinio también vale para nuestras aspiraciones intelectuales; el hombre tiene sed de verdad y de ciencia; quiere conocerlo todo; nunca puede llenar su deseo de saber. Ha sido creado, pues, para hallar en Dios toda verdad y toda ciencia. A la manera que el cuerpo tiende hacia la tierra, así el alma tiende hacia Dios y hacia la inmortalidad.



c) Lo exige la sabiduría de Dios: si Dios es Dios, es, consecuentemente legislador sabio y justo, premiando y castigando según exigen los méritos y deméritos de cada hombre. Pero nosotros no vemos en la vida presente una sanción eficaz de la ley de Dios; por lo tanto es necesario que exista en la vida futura, so pena de decir que Dios es un legislador sin sabiduría. Esos premios y castigos no pueden reducirse a los remordimientos o a la alegría de la conciencia, pues los malvados ahogan los remordimientos y la alegría de la conciencia bien poca cosa es comparada con los sufrimientos y las luchas que requiere la virtud.

No está en el desprecio público ni en la estimación de los hombres, pues con demasiada frecuencia vemos que son precisamente los grandes culpables los que gozan de la estima de los hombres, mientras que los justos son el blanco de todas las burlas.
No está en la justicia humana, porque ella no alcanza los pensamientos y deseos, fuentes del mal; no tiene recompensas para la virtud; no puede descubrir todos los crímenes, puede ser burlada por la habilidad, comprada por el dinero, intimidada por el miedo; y si, a veces, vindica los derechos de los hombres, no vindica los derechos de Dios.
Por consiguiente, la sanción eficaz de la ley de Dios no puede hallarse más que en los castigos o premios que nos esperan después de la muerte.
Por eso el mismo J. J. Rousseau decía: “Si no tuviera yo más prueba de la inmortalidad del alma que el triunfo del malvado y la opresión del justo, esta flagrante injusticia me obligaría a decir: no termina todo con la vida, todo vuelve al orden con la muerte”. Y Delille escribía con justeza:


Los que volcáis, haciendo a Dios la guerra, 

las aras de las leyes eternales, 
malvados opresores de la tierra, 
¡temblad! ¡sois inmortales! 
Los que gemís desdichas pasajeras, 
que vela Dios con ojos paternales, 
peregrinos de un día a otras riberas, 
¡calmad vuestro dolor! ¡sois inmortales!


d) Aunque de valor inferior a los anteriores argumentos, también lo manifiesta la aceptación de esta verdad por todos los pueblos de la tierra. Es un hecho testificado por la historia antigua y moderna que los pueblos del mundo entero han admitido la inmortalidad del alma, como lo prueba el culto de los muertos, el respeto religioso de los hombres por las cenizas de sus padres y los monumentos que han erigido sobre sus sepulcros.

Esta creencia universal y constante no puede proceder sino o de la razón, que admite la necesidad de la vida futura, o de la revelación primitiva, hecha por Dios a nuestros primeros padres y transmitida por ellos a sus descendientes. Ahora bien, el testimonio, sea de la razón, sea de la revelación, no puede ser sino la expresión de la verdad; luego la creencia de los pueblos es una nueva prueba de la inmortalidad del alma. Según frase de Cicerón, aquello en que conviene la natural persuasión de todos los hombres, necesariamente ha de ser verdadero. Es un axioma de sentido común contra el cual en vano protestan algunos materialistas modernos.


Pero tratemos de profundizar más en las razones metafísicas que demuestran la inmortalidad del alma.

Es un hecho que el hombre muere . Nuestra vida está afectada por el tiempo; en cada instante vemos las huellas que el tiempo deja y llega un momento en que nuestra vida acaba por completo como vivir material. Hasta aquí llega la experiencia; sólo nos dice que el vivir sensitivo y vegetativo dejan realmente de darse en un individuo humano en el momento que llamamos muerte; pero no va más allá y no llega a demostrar que con la muerte se extinga la totalidad de su ser. Si el hombre se reduce a pura materia, podríamos llegar a esa conclusión, pero ya hemos visto que no es así. La experiencia, por tanto, no nos habla de la “no-inmortalidad” del hombre, sino de la mortalidad de lo que el hombre tiene de material. Esto es bueno que lo dejemos sentado, para evitar esas imprecisiones e invasiones de campo a las que tanto nos acostumbran quienes abordan estos temas sin rigor científico o filosófico: la experiencia no constata la extinción total del hombre en la muerte sino la desintegración de su cuerpo; como experiencia no puede extenderse más que a lo que es directamente experimentable; lo que es inmaterial no es objeto de experiencia directa; por tanto, de ello no se puede juzgar a partir de la pura experiencia, y con mayor razón se puede decir que las ciencias que se precian de experimentales no tiene autoridad para hablar de estos temas; como un ciego no puede sentenciar sobre colores, ni un sordo ser jurado en un concurso de música.


Ya hemos dicho que el alma es simple y espiritual. De aquí se sigue que sea inmortal. Si la forma sustancial del cuerpo humano –alma– fuese solamente material (lo que se probaría si solo fuese principio de actividades sensibles y vegetativas), la muerte consistiría, indudablemente, en la extinción de la forma sustancial de nuestro ser, pues no cabe que éste permanezca sin que el cuerpo que la posee no esté viviendo. Pero ya hemos visto que la forma sustancial del cuerpo humano es algo más que principio de nuestra conducta sensitiva y vegetativa; es la fuente de las operaciones peculiares del entendimiento y de la voluntad.

Ciertamente que es indispensable que el alma anime a la materia para que el hombre exista y para que éste realice las actividades de sus potencias intelectiva y volitiva. Pero de aquí no se concluye que estas actividades no pueda realizarlas el espíritu nada más que en cuanto unido a la materia. El alma tiene que estar unida al cuerpo para que el hombre (cuerpo y alma) viva y ejecute sus operaciones; pero esta unión no es requisito para que el espíritu exista ni para que ejecute sus propias operaciones, porque “a un espíritu no unido con la materia no le falta nada esencial. La materia no es ninguna parte física de él, ni tampoco ninguno de sus aspectos. El espíritu no es materia en modo alguno, aunque puede informarla o animarla y aunque ello resulte necesario para el ser y el obrar del hombre” .
“De esta suerte, no por el hecho de que el hombre muera se extingue también su espíritu. La muerte es la corrupción del cuerpo humano, pero el espíritu no puede corromperse, porque no tiene partes. Podría, no obstante, extinguirse si de un modo esencial dependiese del cuerpo, es decir, si tuviese necesidad de la materia para ser lo que es. Pero no se encuentra en ese caso, por no ser material. Incluso cuando está unido a la materia –que es, ni más ni menos, lo que ocurre en el caso del hombre–, el espíritu sigue siendo inmaterial. Y no cabe que en el hombre esté bajo el ‘influjo’ –si esta palabra se toma en su acepción más estricta– de la materia, a la cual anima o vivifica. En tanto que forma sustancial y como ya se ha explicado, el espíritu se comporta, respecto de la materia, de una manera activa, no de un modo pasivo. Así, pues, para hablar de un influjo de la materia en el espíritu, se ha de dar a la voz ‘influjo’ la exclusiva acepción de un puro y simple condicionamiento que, como ya se ha aclarado, sólo acontece de una manera extrínseca e indirecta, con lo cual queda dicho que ese condicionamiento es necesario tan sólo para que el espíritu funcione en su estado de unión con la materia, sin que a su vez ese estado haya de ser en él una necesidad inseparable de su índole misma. En consecuencia, la separación del espíritu respecto del cuerpo humano es la muerte del cuerpo o, dicho más cabalmente, la del hombre. El hombre muere al quedarse sin el espíritu que lo vivificaba o animaba no sólo con un vivir sensitivo y vegetativo, sino también con otro evidentemente superior por su índole inmaterial” .


Podemos añadir algo más, aunque no sea lo que principalmente nos interesa aquí: “aunque por incorruptible es inmortal, el espíritu no pervive por sí solo. Sin la cooperación de Dios, ningún ente finito permanece en el ser. Por consiguiente, aunque la muerte del hombre no implica en manera alguna la extinción del espíritu, tampoco puede éste permanecer en el ser en virtud de una cierta inercia existencial, de tal modo que el seguir siendo no lo debiese a Dios. Aun en el caso de que pudiera haber esa especie de inercia, el espíritu la tendría como algo que Dios le habría conferido al implantarle en el ser, con lo cual, en definitiva, se la debería a Dios y no a sí mismo. En ningún caso puede ser la pervivencia del espíritu algo impuesto por éste, como una necesidad, al ser de Dios” . Tampoco entro en este lugar en otro tema discutido por los teólogos: si la unidad substancial de cuerpo y alma (que es el modo propio de existir del hombre) no plantea cierta antinaturalidad del estado de alma separada (como ocurre en la muerte) y si esto, a su vez, no plantea una especie de necesidad de la resurrección; no entramos en este tema, puesto que la resurrección del cuerpo humano es ya un dogma de la fe cristiana, y no nos hemos propuesto detenernos en los dogmas de fe sino en las cuestiones que, siendo filosóficas, son puestas en duda o negadas por la falsa ciencia de nuestro tiempo.



* * *



Los que niegan que los seres humanos tenemos alma merecen, con toda razón, el nombre de desalmados; y tarde o temprano actúan como tales. De la negación del alma al desalmamiento (que, como la Real Academia indica, es el término propio para designar la inhumanidad y la perversidad) no solo hay un paso sino un paso muy corto. Alonso de Palencia podría prestarnos el título de su fábula Batalla campal de los perros y los lobos para intitular como corresponde el mundo creado por los que niegan el alma.

Un autor sugería que la mejor forma de hacerles comprender a estos tales que el alma realmente existe es romperles la de ellos; un método eficaz, aunque como cristianos no podamos recomendarlo.




Bibliografía para ampliar y profundizar



–Regis Jolivet, Tratado de filosofía. Psicología, Carlos Lohlé, Bs.As. 1956.

–Antonio Millán-Puelles en: Léxico Filosófico, Rialp, Madrid, 1984.
–Abelardo Pithod, El alma y su cuerpo, Grupo Editor Latinamericano, Bs. As. 1994.
–Alejandro Serani Merlo, Dificultades en la Neurofilosofía o: ¿Dónde está el problema en el problema mente-cerebro, II Congreso Internacional de Bioética. Departamento de Bioética - Universidad de La Sabana. Santa Fé de Bogotá, Colombia, 30 de Julio de 1999; en www.arvo.net.
–Carlos A. Marmelada, Sobre el origen de la inteligencia humana, (http://www.unav.es/cryf/pagina_4.html)
–María Gudin, Cerebro y persona (en: www.arvo.net); Idem, Cerebro y Afectividad, Colección Astrolabio Salud, EUNSA, Pamplona 2001.
–Antonio Royo Marín, Teología de la Salvación, BAC, Madrid 1965.
–Santo Tomás de Aquino, De anima (sobre el alma).
–N. Marín Negueruela, Dios y el hombre, Barcelona 1936.
–René Biot, El cuerpo y el alma, Desclée de Brouwer, Bs. As. 1952.
–Carlos Velasco Suárez, Psiquiatría y Persona, Educa, Bs. As. 2003.
–Víktor Frankl, Homo patiens, Plantín, Bs. As. 1955.
––––––––––––, La idea psicológica del hombre, Rialp, Madrid 1986.
–Bruchner, Cuerpo y espíritu en la medicina actual, Rialp, Madrid 1969.
–Pío XII, Discursos acerca de ética y psiquiatría, en: López Medrano y otros, Pío XII y las ciencias médicas, Guadalupe, Bs. As. 1961.
–Karol Wojtyla, Mi visión del hombre, Palabra, Madrid 1997.
––––––––––––, El hombre y su destino, Palabra, Madrid 1998.
–Francisco Rego, La relación del alma con el cuerpo, Gladius, Bs. As. 2001.




Platón, en: R. Verneaux, Textos de los grandes filósofos. Edad antigua, Herder, Barcelona 1982, p.46-48.

Cf. Regis Jolivet, Tratado de filosofía. Psicología, Carlos Lohlé, Bs.As. 1956, pp. 586-587.
Antonio Millán-Puelles en: Léxico Filosófico, Rialp, Madrid, 1984.
Citado por Loring, Para salvarte, 7, 1; ed. 51ª, p. 89.
Este es el título de un valioso libro de Abelardo Pithod, El alma y su cuerpo, Grupo Editor Latinamericano, Bs. As. 1994.
Se puede ver al respecto el valioso trabajo del Dr. Alejandro Serani Merlo, Dificultades en la Neurofilosofía o: ¿Donde está el problema en el problema mente-cerebro, II Congreso Internacional de Bioética. Departamento de Bioética - Universidad de La Sabana. Santa Fé de Bogotá, Colombia, 30 de Julio de 1999; en www.arvo.net. También: Carlos A. Marmelada, Sobre el origen de la inteligencia humana, (http://www.unav.es/cryf/pagina_4.html); María Gudin, Cerebro y persona (en: www.arvo.net); Idem, Cerebro y Afectividad, Colección Astrolabio Salud, EUNSA, Pamplona 2001.
Chalmers D., El problema de la conciencia, Investigación y Ciencia (Febr.): p. 61, 1996ª.
Crick F. & Koch C., The problem of consciousness, Scientific American (Sept), p. 111, 1992.
Por ejemplo, Searle J.,The rediscovery of the mind, MIT Press (Cambridge/Massachussets) 1992. [El redescubrimiento de la mente,Crítica/ Grijalbo Mondadori (Barcelona) 1996].
Crick F. & Koch C., The problem of consciousness, Scientific American (Sept), p. 111, 1992.
Serani Merlo, loc. cit., la cita es de Crick & Koch, loc. cit., p. 115.
Cf. Serani Merlo, loc. cit.
Estos textos de Eccles los he tomado de la entrevista realizada por el Dr. Mariano Artigas, reproducida en su libro: Mariano Artigas, Las Fronteras del evolucionismo (con prólogo de John Eccles, Palabra, Madrid 1985, pp. 171-177. De J. Eccles se puede ver: The Wonder of Being Human, New York, The Fee Press, 1984.
Cf. se pueden ver más ampliamente desarrollados en la obra ya citada de Hillaire, La religión demostrada, op. cit. al hablar del alma humana.
Seguiré en esto las grandes líneas, con libertad, de cuanto expone Antonio Millán-Puelles en: Léxico Filosófico, Rialp, Madrid, 1984.
Millán-Puelles, loc.cit.
Millán-Puelles, loc.cit.
Millán-Puelles, loc.cit.
Cf. Harvey G. Cox, The Secular City, Macmillan, 

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martes, 15 de enero de 2013

►¡MI HIJA ESTÁ EMBARAZADA!



El siguiente escrito que les comparto es de mi escritora favorita:

"Mi hija está embarazada." 
Estás en choque y no sabes qué y cómo reaccionar. He escuchado algunas historias así, la madre que se enfrenta a esta situación tiene ante sí un gran reto, una prueba de amor y emociones. Te paso algunas orientaciones para que te ayudes a tí misma a comprenderte y comprender.

Cuando tu hija te da por primera vez la noticia puedes que sientas todo esto: - estado de choque
Desilución
Desesperación
Avengonzada
Puede ser que pienses:
Ella destruyó su vida. Ahora nuestras vidas están destrozadas. No hicimos bien nada.
Todas las esperanzas de ella, y las nuestras, así como los sueños y los planes que teníamos están a punto de esfumarse. Ya no hay futuro.
Revisando la escenografía.

En efecto, esto no es una buena noticia. Pero tampoco es el fin del mundo. Recuerda que debes:

Mantenerte calmada.
Evitar la recriminación y la condenación
Concentrarse en lo positivo. Tu hija podría haber elegido abortar como lo hice yo hace treinta años. Todo lo que se una mujer vive después de haber abortado no puede describirse en palabras.
Si eres cristiana demuestra misericordia y comprensión como Jesús lo haría. Es difícil pero si quieres y pides gracia lo podrás hacer.
Trata de ponerte en los zapatos de tu hija. Recuerdo que cuando yo salí embarazada sentí mucho miedo. La sóla idea de que mi padre se enterará me agobiaba. Además no tenía confianza alguna hacia mi madre y el novio que tenía se porto como un cobarde. Ahora esto es lo que yo haría al ponerme en los zapatos de mi hija:

Que a pesar de ello seguirá teniendo mi amor y confianza.
Que no esta sola.
Que cuenta conmigo para hacer con el niño lo mejor. Darlo en adopción o criarlo ella misma.
Que juntas enfrentaremos un futuro que no se había planeado.
Palabras o frases que puedes utilizar:

"Te quiero. Siempre te querré. Todo estará bien".
"Estoy a tu lado como tu madre y si quieres como tu amiga. Haré lo necesario para ayudarte a afrontar esta prueba".
"Tienes alternativas. Eres una adolescente: matrimonio, adopción, ser madre soltera, terminar tus estudios".
"Algunas personas hablarán pero muchas serán solidarias y te comprenderán".
"Tu vida es tuya y por delante. Este es una de esas experiencias que puede servirte para crecer y hacerte responsable de tus actos".
Como mujer que salió embarazada en la adolescencia y que decidió abortar, te puedo asegurar que la situación que tu hija atraviesa no es fácil. Es menos fácil si no tiene una pareja y amigos que la valoren y que valoren la vida. El vacío que queda en el corazón es profundo y el fantasma de haber arrebatado una vida o múltiples te perseguirá siempre. En mi caso, sólo ha sido la gracia de Dios que sano las interminables depresiones y sentimientos de baja autoestima que me acompañaron después de haber abortado. Te hablo pues, desde la experiencia. Habla a tu hija de lo que pasa si empieza a tener relaciones íntimas y si ya ha salido embarazada, orientala con sabiduría y amor incondicional.



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♥Consagración a la Virgen María

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CONSAGRACIÓN DEL MATRIMONIO AL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA

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"Oh, Corazón Inmaculado de María, refugio seguro de nosotros pecadores y ancla firme de salvación, a Ti queremos hoy consagrar nuestro matrimonio. En estos tiempos de gran batalla espiritual entre los valores familiares auténticos y la mentalidad permisiva del mundo, te pedimos que Tu, Madre y Maestra, nos muestres el camino verdadero del amor, del compromiso, de la fidelidad, del sacrificio y del servicio. Te pedimos que hoy, al consagrarnos a Ti, nos recibas en tu Corazón, nos refugies en tu manto virginal, nos protejas con tus brazos maternales y nos lleves por camino seguro hacia el Corazón de tu Hijo, Jesús. Tu que eres la Madre de Cristo, te pedimos nos formes y moldees, para que ambos seamos imágenes vivientes de Jesús en nuestra familia, en la Iglesia y en el mundo. Tu que eres Virgen y Madre, derrama sobre nosotros el espíritu de pureza de corazón, de mente y de cuerpo. Tu que eres nuestra Madre espiritual, ayúdanos a crecer en la vida de la gracia y de la santidad, y no permitas que caigamos en pecado mortal o que desperdiciemos las gracias ganadas por tu Hijo en la Cruz. Tu que eres Maestra de las almas, enséñanos a ser dóciles como Tu, para acoger con obediencia y agradecimiento toda la Verdad revelada por Cristo en su Palabra y en la Iglesia. Tu que eres Mediadora de las gracias, se el canal seguro por el cual nosotros recibamos las gracias de conversión, de amor, de paz, de comunicación, de unidad y comprensión. Tu que eres Intercesora ante tu Hijo, mantén tu mirada misericordiosa sobre nosotros, y acércate siempre a tu Hijo, implorando como en Caná, por el milagro del vino que nos hace falta. Tu que eres Corredentora, enséñanos a ser fieles, el uno al otro, en los momentos de sufrimiento y de cruz. Que no busquemos cada uno nuestro propio bienestar, sino el bien del otro. Que nos mantengamos fieles al compromiso adquirido ante Dios, y que los sacrificios y luchas sepamos vivirlos en unión a tu Hijo Crucificado. En virtud de la unión del Inmaculado Corazón de María con el Sagrado Corazón de Jesús, pedimos que nuestro matrimonio sea fortalecido en la unidad, en el amor, en la responsabilidad a nuestros deberes, en la entrega generosa del uno al otro y a los hijos que el Señor nos envíe. Que nuestro hogar sea un santuario doméstico donde oremos juntos y nos comuniquemos con alegría y entusiasmo. Que siempre nuestra relación sea, ante todos, un signo visible del amor y la fidelidad. Te pedimos, Oh Madre, que en virtud de esta consagración, nuestro matrimonio sea protegido de todo mal espiritual, físico o material. Que tu Corazón Inmaculado reine en nuestro hogar para que así Jesucristo sea amado y obedecido en nuestra familia. Qué sostenidos por Su amor y Su gracia nos dispongamos a construir, día a día, la civilización del amor: el Reinado de los Dos Corazones. Amén. -Madre Adela Galindo, Fundadora SCTJM

CONSAGRACIÓN DEL MATRIMONIO A LOS DOS CORAZONES EN SU RENOVACIÓN DE VOTOS

CONSAGRACIÓN DEL MATRIMONIO A LOS DOS CORAZONES EN SU RENOVACIÓN DE VOTOS
Oh Corazones de Jesús y María, cuya perfecta unidad y comunión ha sido definida como una alianza, término que es también característico del sacramento del matrimonio, por que conlleva una constante reciprocidad en el amor y en la dedicación total del uno al otro. Es la alianza de Sus Corazones la que nos revela la identidad y misión fundamental del matrimonio y la familia: ser una comunidad de amor y vida. Hoy queremos dar gracias a los Corazones de Jesús y María, ante todo, por que en ellos hemos encontrado la realización plena de nuestra vocación matrimonial y por que dentro de Sus Corazones, hemos aprendido las virtudes de la caridad ardiente, de la fidelidad y permanencia, de la abnegación y búsqueda del bien del otro. También damos gracias por que en los Corazones de Jesús y María hemos encontrado nuestro refugio seguro ante los peligros de estos tiempos en que las dos grandes culturas la del egoísmo y de la muerte, quieren ahogar como fuerte diluvio la vida matrimonial y familiar. Hoy deseamos renovar nuestros votos matrimoniales dentro de los Corazones de Jesús y María, para que dentro de sus Corazones permanezcamos siempre unidos en el amor que es mas fuerte que la muerte y en la fidelidad que es capaz de mantenerse firme en los momentos de prueba. Deseamos consagrar los años pasados, para que el Señor reciba como ofrenda de amor todo lo que en ellos ha sido manifestación de amor, de entrega, servicio y sacrificio incondicional. Queremos también ofrecer reparación por lo que no hayamos vivido como expresión sublime de nuestro sacramento. Consagramos el presente, para que sea una oportunidad de gracia y santificación de nuestras vidas personales, de nuestro matrimonio y de la vida de toda nuestra familia. Que sepamos hoy escuchar los designios de los Corazones de Jesús y María, y respondamos con generosidad y prontitud a todo lo que Ellos nos indiquen y deseen hacer con nosotros. Que hoy nos dispongamos, por el fruto de esta consagración a construir la civilización del amor y la vida. Consagramos los años venideros, para que atentos a Sus designios de amor y misericordia, nos dispongamos a vivir cada momento dentro de los Corazones de Jesús y María, manifestando entre nosotros y a los demás, sus virtudes, disposiciones internas y externas. Consagramos todas las alegrías y las tristezas, las pruebas y los gozos, todo ofrecido en reparación y consolación a Sus Corazones. Consagramos toda nuestra familia para que sea un santuario doméstico de los Dos Corazones, en donde se viva en oración, comunión, comunicación, generosidad y fidelidad en el sufrimiento. Que los Corazones de Jesús y María nos protejan de todo mal espiritual, físico o material. Que los Dos Corazones reinen en nuestro matrimonio y en nuestra familia, para que Ellos sean los que dirijan nuestros corazones y vivamos así, cada día, construyendo el reinado de sus Corazones: la civilización del amor y la vida. Amén! Nombre de esposos______________________________ Fecha________________________ -Madre Adela Galindo, Fundadora SCTJM

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